Siempre alas 12 de la madrugada, la maquina de escribir comienza a escucharse... Aunque viva a lado de una gruesa pared, se escucha el tecleo incesante de el/la vecin@... Una pared gruesa de la posguerra nos separa, pero la lluvia de ideas que acompaña esta ráfaga de teclas sigue y permanece constante, ni siquiera se distingue cuando cambia de renglón o de hoja... Pareciese que solo escribe por escribir, en sima de lo de ayer, y antier... Sus hojas, su historia no tiene fin.
Como buen curioso, un día decidí aventurarme a ese mundo tras la pared gruesa, entré a su casa aprovechando la oportunidad de las mañanas cuando se oía la puerta abrirse y cerrar de inmediato... Daba por entendido que salia de la casa... Preguntando a los vecinos sobre aquel ente errante matutino, nadie supo decirme algo, nadie lo había visto, ni siquiera sabían si era hombre o mujer... Y muchos otros mas, aseguraban que la casa estaba abandonada.
Podría ser... Claro, pero su puerta siempre estaba barrida, y las ventanas que reflejaban el interior impecable, estaban tan limpias que podría comer sobre ellas si mi vida dependiese de ello... Claro, ninguna persona te amenaza con lamer las ventas de tus vecinos solo para sobrevivir, pero lo hubiese hecho.
Así, entré en el interior de la abandonada casa, utilizando mi siempre útil navaja suiza robada de mi padre (Bueno, prestada) y con un poco de mañas aprendidas en mis 2 años de campamentos con los chicos problemas del barrio... Quien hubiese sabido que vender cohetes en festividades era ilegal... De acuerdo a la ley vigente de la ciudad de México... Puras patrañas.
La entrada reflejaba un orden impecable, una alfombra bien lavada y cuidada, roja, con grabados en amarillo que daba un toque de elegancia quien pasase por ahí, libreros grandes de roble apestaban la casa junto con el olor a los hongo que crecían en los numerosos libros de los incontables estantes. Apenas se vislumbraba un piano pequeño, un toca discos y unos cuantos discos de música clásica. Sin duda todo un bohemio vivía ahí.
Ubicándome tras la puerta del cuarto vecino al mio, escondido bajo una enorme escalera que daba a la parte superior, oscura y fúnebre con candelabros cortos, y vestidura verde en las paredes. Tomé la perilla de la puerta, la giré lentamente, y abrí con fuerza para evitar dramas, ahí lo encontré, dormido sobre la maquina de escribir, agachado, silencioso, casi muerto. Traté de cerrar la puerta lo mas pronto posible, y alzó su cabeza.
-¿Se le ofrece algo?- Pregunto casi zombie el sujeto.
-Nada señor... - Respondí temeroso.
-Tu no eres el amo.
-No lo soy... No.
-Vienes a liberarme ¿Verdad? Como lo dijo aquel en esta silla, justo hace 27 años.
Pareciese que el zombie hablaba consigo, a la nada veía, simplemente la poca cordura en medio de la oscuridad difuminada por la tenue luz de una lampara de escritorio.
-Yo solo... quería...- Y en ese momento volvió a desplomarse sobre la maquina de escribir. -Señor..- dije en voz baja, lo tomé del hombro y se levanto con fuerza.
-Lo se amo- dijo en su tono habitual, y comenzó a escribir una hoja de papel arrugada, tomé la lampara y la acerque a la hoja... estaba negra de tanto uso, casi rota por el martilleo del metal contra el rodillo, ilegible.
Un golpe sonó en la entrada principal. -La puerta- dije para mi.
-Es el amo- dijo el zombie- ¡Tu no eres el amo!- grito irritado. Y aquel ente, el amo, se acerco en un parpadeo a la puerta de la habitación.
-¡Oh! Mira nada mas que trajo el viento- dijo una seductora voz de mujer escondida en la penumbra de la casa -¿Que quieres aquí joven? ¿Buscas empleo? Si así, lo lamento, la vacante esta ocupada escribiendo su historia, ¿No es así Federico? ¿Acaso no pagas tu insolencia todavía?
-Si amo.- respondió obediente el zombie.
-Lo lamento señora, no quería importunarla, solo...
-Solo querías saciar la curiosidad infantil... ¿No es verdad?- dijo mientras salia a la luz, una mujer muy atractiva con vestido rojo, y labios pintados de color en conjunto, su mirada arrebatadora, su cuerpo curvado de tal forma que motivaría a cualquiera a desfallecer en sus brazos.
-¿Co... como lo supo?
-¡Oh chico! Es hora de aprender nuevas cosas... ¿Sabes que? Me atrae tu inocencia, tu frescura... Tu mente... -hablaba casi para si, se mordía los labios, era realmente excitante. -Dime, acaso ¿no te atraigo ni un poco?
-Debo admitir que bastante señora, pero seguramente me estarán espe...- Y fui interrumpido por una mano rápida que se deslizaba en mis bolsillos delanteros, chasqueo los dedos, el zombie había desaparecido, el cuarto se derretía ante mis ojos, solo podía verla a ella. Una cama que aparecía tambaleante tras de mi, y mi ropa pesada que caía al suelo, su vestido deslizante sobre su figura perfecta y armoniosa, su piel quemada que daba un toque tropical y sensual, sus pechos redondos y firmes, grandes superados a su vez por las curvas de su trasero que alzaban dos grandes crestas en una función perfecta.
-¡Oh! Señora, no me haga esperar - dije ansioso, quería sentirme dentro de ella, quería venirme un millón de veces en su boca, en pubis, en su pecho, bañarla en mis fluidos que solo podían representar cuanta devoción sentía.
-No esperes mas muchacho- Tomo mi pene en sus manos, lo acaricio suavemente... rodeo con su boca la punta, y tras introducirlo algunas veces en ella, acariciándola con la lengua y cubriéndola con su saliva, se acostó boca arriba en la cama, jalándome, introduciéndose mi pene en ella, invitándome a moverme en su armonía, gimiendo, rasguñandome la espalda, lamiendo mi oreja, y pidiendo me venga en ella, me corrí enseguida.
-Abre los ojos querido, aún no terminas tu trabajo.- me dijo una voz diferente a la que había escuchado antes, y obedecí.
Un piso de madera roto, en una habitación descuidada de paredes rasgadas y carcomidas por la edad. Unas manos arrugadas me envolvían la espalda, y al frente, un rostro viejo y acabado de una mujer horrible, pero con unos ojos espectaculares...
-No dejes de mirarme... No dejes de amarme...- dijo mi amada, mi nuevo amo.
-Yo te obedeceré siempre.- dije.
-Ven- tomo mi mano, bajamos por las escaleras, la casa había perdido todo esplendor, y en el reflejo del espejo roto a la vuelta de las escaleras me vi... No era yo, había cambiado, mis movimientos lentos, mi vida se agotaba. Entramos nuevamente en la habitación vecina a mi cuarto, no había nadie, solo yo. Me sentó frente a la maquina, vi la hoja, ahora la podía leer, hasta arriba en negritas: "Autobiografía".
-Ahora puedes volver a escribir.